Cuento “Jardín con higuera. Y una Coca fuera de serie” Por: Gisella Evangelisti

Diciembre 17, 2007

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Hola amigos, soy María Heise, 80 años, de origen italiano, apellido alemán, y corazón peruano. Con doctorado en los sonetos de Shakespeare, vendí zumos de frutas en una feria agropecuaria en Berlín. Pasé los años más turbulentos de mi vida en un tranquilo matrimonio burgués, en Alemania, y los más felices, en una cabaña cerca de un río torrentoso río amazónico, entre gente que dicen salvaje: mis hermanos los indígenas Asháninka.  Y cuando los defino “felices” no quiero decir que los pasé bordando, como mi abuela marquesa, sino con emociones de alto voltaje, en vivo y directo.  Una vez  estuve a punto de ser ejecutada por una columna de senderistas, otra fui encerrada en una cárcelPero esto, quien quiera, podrá leerlo en mis memorias, (que se publicarán pronto): ahora, simplemente, quiero hablarles del jardincito que rodea mi casa, en un barrio residencial de Lima, donde vivo con mi hijo y mi nuera, mis dos preciosas nietas, un perro (Sigmund Freud), una gata (Marylin Monroe) y una señora regañona, con una gran personalidad.

No es ningún Jardín de Babilonia, ni el de los Cerezos de Cekhov, mi pequeño jardín con hibiscos, geranios y jazmines: sólo un infinitesimal punto verde, visto desde un avión, pero nos hace sentir afortunados como príncipes, dándonos un respiro en la asfixiante humareda negra del tráfico de Lima. Al centro hay una gran higuera, agitada por los acoplamientos primaverales de las palomas. Cuando alguna muere o cae debilitada, el día siguiente, de ella no queda ni rastro. Premeditadamente, sin desperdiciar ni una pluma, se la traga la tortuga que un amigo ashaninka me regaló en uno de mis últimos viajes.               

Bajo la higuera, en la buena temporada, invito a mis coloridos huéspedes multiétnicos, de razas y países diversos, con quienes nos entretenemos en animadas veladas. Los huéspedes son observados por el ojo crítico de la señora regañona, que lanza sus reclamos, entre un discurso y otro, esperando que alguien se acuerde de darle su parte de espagueti. Ella los agarra rápida con sus manos, oops, quiero decir con sus patitas. ¿Quién es esta señora que no se deja pasar desapercibida? Ah, me había olvidado de contarles que en un viaje a Madre de Dios, en la selva colindante con Bolivia,  un viejo chamán me dejó en recuerdo este simpático ejemplar de Amazona aurora, nombre científico de la lora, que se volvió de inmediato una persona más de la familia. Pues no sólo saluda con un  “Hola Hola” a todos, sino sabe silbar como Klaus, reír como mis nietas, toser como yo, ladrar como Sigmund. Cada vez es más capaz de confundirnos con su asombrosa habilidad en reproducir sonidos. Hay sólo un par de cosas que, y lo digo con orgullo, la Coca logra hacer conmigo, y sólo CONMIGO.

Una es ronronear tiernamente como un gato cuando, al regresar de mis viajes, voy a contarle mis hazañas. Ella me mira ampliando y disminuyendo su pupila, como si fuera el objetivo de una cámara, mientras me escucha. (¿Estás loca María? Puede ser, pero la Coca me escucha, repito, aunque no sepa lo que pasa en su cabecita).

La otra es que es capaz de integrar con sonidos que se insertan perfectamente, dando un toque surreal a alguna canción que canto. Comencé con una vieja y facilísima canción italiana: Con ventiquattromila baciiii… (la Coca se insertó con sonido parecido a un: yé yé) ….oggi saprai cos´é l’amoreee  (la Coca:… uó uó), o sea que las dos funcionamos como una verdadera banda musical.

Lo más divertido es que la Coca, no sólo emite sonidos siguiendo perfectamente el ritmo de la pieza musical, sino que participa en ella con todo el cuerpo. Hincha todas las plumas, vibra y ríe a su manera, y se nota que goza estupendamente. ¿Más por la música o por las palabras? ¿Quién sabe? Debo seguir investigando más. ¿No será una Coca romántica que se emociona con el recuerdo de ventiquattromila baci, que algún loro enamorado le dio en unas inolvidables tardes en la selva de Madre de Dios?

A veces, en uno de esos blanquinosos domingos limeños, me pongo bajo la higuera a revisar algún metro cúbico de revistas acumuladas, para buscar pequeños o grandes eventos confortantes. Hay que tener paciencia, driblando entre titulares dedicados a atentados, políticos corruptos, tsunamis…. Lamentablemente los medios de prensa nos han acostumbrado a considerar noticia cuando se descuartiza, grita, bombardea e impone, no cuando se negocia o se encuentra la solución de los problemas. Pero, siempre algo se encuentra. 

 -Mira acá…”, comenté un día, en broma, a la Coca que, apoyada en la silla a mi lado, comía con gozosa lentitud un trocito de plátano. -Esto se refiere a tu tierra…

La Coca amplió y cerró el tamaño de su pupila para dar a entender  que  me estaba escuchando, y retomó su apreciado desayuno. La noticia se refería  a  Madre de Dios, tierra de oro, caoba y castaña, y actual perla del ecoturismo.

“Madre de Dios, un trascendente encuentro…”, comencé a leer en voz alta, en un artículo del junio del 2005,  acompañado por la gran foto de dos hombres acalorados, que cortaban una cinta sobre un puente en Asís, Acre, Brasil.

Un letrero avisa que estamos a una distancia de 1470 Km. del Océano Pacífico, y 3968 del Atlántico”, seguía el artículo. “Se brinda con caipirinha y pisco sour, cerveja Antártica y Pilsen Callao. Qué viva, aplausos. Los hombres se llaman Alejandro Toledo y Luiz Inácio Lula da Silva.  El presidente del Perú ha encontrado los 900 millones de dólares para operativizar la construcción de la Carretera Interoceánica, ya terminada en el lado brasileño, inaugurando el Puente de la Integración en el río Acre.  La carretera facilitará la comunicación entre los tres países fronterizos, Brasil, Perú y Bolivia, y más adelante, el comercio con Asia. Se prevé que la región peruana de Madre de Dios, tendrá cambios importantes, en los diez ecosistemas casi intactos que están entre la selva baja y las montañas de Cusco y Puno, en las ocho Zonas Reservadas de megadiversidad biológica, y en la vida de las comunidades indígenas o mestizas…” 

No, seguro que de aquí en adelante no será más la misma……Trabajo, trabajo, todos sueñan, y un dinerito para una cerveza en esas tórridas noches tropicales, pensé. Pero, habrá, y ¿cuánto costará al Perú esta cerveza, una vez construida la carretera?

Muchísimo, alertaban unos expertos en temas amazónicos, (en un recuadro más pequeño del artículo)  si no se definían de antemano reglas y planes de impacto ambiental.  Ya se sabía por experiencia, que abrir una carretera en la selva podía conllevar una versión lumpen de la modernización, con  invasión incontrolada de campesinos, madereros, mineros, con relativos conflictos, asesinatos y desplazamiento de indios, subempleo esclavizante, tráfico de drogas y armas, contrabando de animales, más prostitución de mujeres y niños, y otros tremendos etcétera. Al otro lado de la frontera peruana, en los años ochenta, el impacto de la deforestación (practicada usando también el napalm) por la construcción de la carretera Br 317 hacia Río Branco, (la que ahora se enlazaba con la Transoceánica), había sido tan brutal, que desde ese entonces el Banco Mundial había impuesto unos requisitos ambientales a los nuevos proyectos de desarrollo a financiar. Y también el Estado brasileño había comenzado a dotarse de medidas legales e institucionales para limitar los daños de la deforestación.

Por eso ahora,  en el tema ecológico, Brasil podría enseñar algo, seguía leyendo en el recuadro. Recientemente, Lula había varado un plan de desarrollo sostenible en un área correspondiente al 3% de la Amazonía, alquilando a privados, por cuarenta años, áreas boscosas, para que se extrajera madera de forma racional. Una Amazonia con los árboles de pie, era el sueño (nuestro sueño) de Chico Mendes, un ecologista del Acre, galardonado por las Naciones Unidas, pero asesinado en 1988 por latifundistas locales de la Uniao Democrática Ruralista, (la organización de fazenderos que practicaba la democracia a tiros)….

Hmm.  Me quedé pensativa. Como tantas veces, se podía intentar conjugar esperanzas de bienestar con respeto ambiental. O terminar con estos preciosos bosques primarios, como se había hecho en Chile para fabricar papel higiénico…

“¿Te vendría bien que se arrase tu espléndida selva de Madre de Dios para tener más y más papel higiénico, Coca?”

“¡Hola!”, respondió ella mirándome un rato con su pupila metafísica. Y se dirigió hasta el prado del jardincito, tumbándose en la hierba.

-¿Qué haces, echada boca arriba?- le pregunté. Nunca la había visto en esta rara posición felina.

–No te preocupes-, sentí en algún rincón de mí.- El cielo de la Amazonía no se derrumbará: sostendré yo, su bóveda celeste. Con mis patitas. 

Autora: Gisella Evangelisti (madre de nuestra querida Azzurra Carpo)


“Amor en los arrecifes coralinos” Por: Lola Pereira

Noviembre 22, 2007

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El mar brillaba como un espejo en el que se reflejaba el sol de la mañana. De aquella mañana de septiembre, tibia y azulina. Un rayo iluminó la enorme burbuja.  Al instante, las fauces del cachalote se abrieron, engullendo el cardumen de aturdidos calamares, que surgían  como un arremolinado banquete, tras el bosque de quelpos gigante. Estaba maltrecho, por su enfrentamiento con un titánico narval el día anterior, perdiendo parte de su cola, pero se  sabía afortunado, pues podía no haberlo contado, por el error garrafal en la evaluación de su enemigo. El cachalote había visto muchas cosas, casi todo lo que se podía ver en los grandes mares, su casa. Algunas veces, las tierras emergían blancas, silenciosas  y fantasmales de las profundidades y otras se había dejado arañar la espalda por los arrecifes y acunar en la arena sinuosa. En otras ocasiones, las burbujas de las grutas volcánicas le habían hecho acudir atropellado como una criatura hiperactiva detrás de un globo huidizo, y cuanto había disfrutado en los bajíos de hierba marina adornados con estrellas murciélago…Y sabiéndose afortunado y vital, con una sacudida de su cola imperfecta, dio un saltito fuera de las cálidas aguas del Pacífico, hundiéndose de nuevo en las profundidades y asustando a una bandada de pelícanos bulliciosos, que pescaban laboriosamente.

Cuando estaba sumergiéndose, vio una sombra gigantesca que lo hizo estremecer…se dispuso al ataque, pero de pronto…la sombra monstruosa lo alcanzó sugerentemente, ascendiendo de las profundidades para soplar, como un remolino turbio. Era una hembra, sin duda, gris perla, con un movimiento ondulante… aleteando, abanicándose  como una gorgonia…era una coqueta, moviéndose con lentitud, sugerente…provocativaAl reflejarse en sus ojos, el conquistador supo que su búsqueda había terminado, pues su sueño estaba allí. Así que se la llevó a lo profundo, donde los corales se ramificaban unos sobre otros, construyendo un lecho de grutas y planicies y a donde la luz violeta llegaba diluida, apantallada por la masa acuática.

Y allí, se amaron como correspondía a la profundidad de sus instintos, con un brío que ni la muerte podría vencer, dejado tras de sí sartas de burbujas, brillantes y nacaradas como perlas, ante el asombro de los erizos y las anémonas.Vinieron días y más días vagabundeando, a la búsqueda de escurridizos calamares, durante millas y millas, por las interminables llanuras de la profundidad media.También surcaron las aguas burbujeantes, agitadas por los bancos de bonitos y caballas, mas allá de la isla del Coco, dejando muy atrás los arrecifes coralinos llenos de peces Garibaldi, caballitos de mar barrigudos y cohombros de mar. Ahora, en el paisaje oceánico emergían picachos de roca volcánica, que oscurecían las profundidades y ya no cobijaban despensas interminables de multitud de peces, como en los arrecifes. Se había equivocado de nuevo. Ella estaba preñada, así que antes de iniciar la larga travesía, habrían de encontrar comida para resistir la profundidad y la terrible lucha por la vida a la que ella había de enfrentarse.Él, frotando su hocico contra el de ella, acariciándola, para que ella entendiera, se sumergió en las profundidades, a la búsqueda de la comida que les permitiera el viaje de regreso a su refugio de amor en los arrecifes.

La luz iba descendiendo su intensidad, del verde al azul, al morado, al gris oscuro…ahora todo era negrura.Y de pronto, un largo tentáculo blanco le rodeó el cuerpo… y otro… y otro más, como maromas de acero que se retorcían en torno a sus aletas, hundiendo las ventosas como garras en su carne. Saliendo de la caverna, un cuerpo monstruoso, largo y brillante, con una palidez fantasmagórica, destacándose contra la negrura abismal. Era un calamar  gigante. El cachalote giró sobre si mismo en un esfuerzo descomunal e imposible, escurriéndose de las zarpas de los gigantescos tentáculos. De una dentellada partió uno de los tentáculos y en la siguiente hundió sus dientes en el cerebro del gigantesco calamar. La batalla, ciclópea, era a muerte.El aire de sus pulmones se hallaba a punto de agotarse. Arrancando un enorme pedazo del calamar, se disparó hacia la superficie, mientras los colores volvían a aparecer, gris oscuro, violeta, azul y finalmente, verde esmeralda. Sus pulmones estaban a punto de estallar, pero no soltó la carga que lo lastraba hacia abajo: la ganara para ella.

Y fue entonces cuando olió la sangre…¡¡Había sangre en la superficie del agua!!Sus ojos escrutaron el horizonte, al romper la corteza del mar, mientras el aire salía en chorro silbante por su orificio.Y mientras se daba la vuelta, lentamente, el amante se convirtió en la más espeluznante de las criaturas: un cachalote enloquecido. Se olvidó de su carga, de su agotamiento…ella estaba muriéndose, retorciéndose en un mar batido de espuma sangrienta, acribillado su cuerpo por multitud de heridas abiertas. La vio hundirse y se acercó a acariciarle el hocico, quedándose con ella en el agua, hasta que la espuma le cubrió su dorso con filigrana de plata. El cachalote se quedó muy quieto. Por detrás, furtivo como una sombra, avanzaba el ballenero.El viejo arponero, apuntando inclinado sobre el punto de mira, apretó el gatillo y disparó.”¡¡Blanco, blanco. Botes al agua!! ¿Qué pasa? La cuerda…rota…maldito sea el que la trenzó”. No alcanzó a decir nada más…un golpe descomunal partió la embarcación en dos. 

Lola Pereira

Noviembre de 2007