Ante la mezquindad, la intolerancia y la avaricia, nos queda la Palabra.
La Palabra no se asalta ni se ocupa. No puede ser sometida ni aplastada.
La Palabra vive en el corazón de los hombres buenos, de los buenos hombres.
Y huye de las almas agriadas y descompuestas, dónde solo vive el insulto y la mentira.
Poeta Cardenal, hombre bueno, te dejo mi Palabra, que es cuanto atesoro.
Permite que se una a la de tantos hermanos como me han precedido.
Lánzasela a quien ha sido carcomido por la mentira. O mejor guárdala.
No la malgastes en vano: su batalla esta perdida.
José Luis Gallego
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